viernes, 1 de abril de 2011

Mi gran secreto

Hoy por fin me he decido a confesarlo. Han sido muchos años escondiéndome; intentando disfrazar mi gran secreto para no sentirme rechazado por la inmensidad de la humanidad. Sé que el paso que doy en el día de hoy podrá acarrearme consecuencias imprevisibles. Una parte de vosotros me comprenderá, apoyándome hasta el final en todo lo que necesite. Otros, en cambio, cambiarán su concepto sobre mí preguntándose, incluso, como fueron capaces de confiar en alguien como yo. Pero no pasa nada. La decisión está tomada y no tiene marcha atrás. Asumiré las consecuencias y me servirá para descubrir quienes son realmente mis amigos, esos que, pase lo pase, jamás te abandonarán por mucho que les sorprenda mi revelación. Treinta años de sufrimiento en silencio van a acabar por fin en el día de hoy.
Está bien, creo que ha llegado el momento de desvelaros el enigma. Os ruego que seáis comprensivos conmigo.

Estimados amigos…. me gusta la música de Dyango.

Ahí queda eso.

sábado, 12 de marzo de 2011

El sonido de la lluvia

El golpeo suave de las gotas de la lluvia me ha despertado esta noche. Es una sensación agradable de escuchar a cualquier hora, pero cuando ese sonido viene acompañado de la oscuridad y la relajación, se impregna de una magia difícil de igualar. La respiración se relaja, el corazón reduce sus pulsaciones y entonces todo empieza a verse de forma diferente. Hay que dejarse llevar por ese sonido, imbuirse en él, sentirse en comunión. De repente todo se ve de otro color porque el tiempo transcurre más pausado, como impulsado por un viejo reloj de cuerda sin fuerzas para marcar los segundos. Todo se ve distinto si logras la compenetración.

Tus pensamientos te sitúan en un plano desde el que las cosas se valoran en su justa medida. Lo importante se reduce a muy poco y lo superfluo lo desechamos. Comprendemos que apenas necesitamos nada para encontrar la felicidad. Nos damos cuenta de lo inútil de muchas de nuestras expectativas, de lo innecesario de esas metas que perseguimos para intentar ser más (más, ¿para qué?). El ventanal sigue siendo golpeado levemente por el agua y sigo relajado. “¿Por qué me enfadé ayer? Que tontería el haberlo hecho”. Y así un pensamiento y otro que van desmontando esta forma de vida nuestra que se ha convertido en una carrera de fondo sin saber bien adonde vamos. La sociedad nos ha engañado pero estamos a tiempo de reaccionar, es más, debemos hacerlo cuanto antes. Lo sé porque el golpeo suave de las gotas de lluvia me ha despertado esta noche…

viernes, 25 de febrero de 2011

Los domingos de mi infancia

Los domingos de nuestra infancia eran días de olor a crema de zapatos, con sabor a sol radiante y diferente al de los demás días (no llovía jamás en domingo). Teníamos en el armario una ropa especial para vestirnos en ese día festivo, la misma que luego guardaría nuestra madre con esmero para el siguiente domingo. Al fin y al cabo solo teníamos esa y había que cuidarla.

Y bajábamos a la calle refunfuñando porque íbamos a misa. Era misión obligatoria e ineludible el ir a misa cada domingo (y fiestas de guardar). Yo nunca escuchaba la homilía. En esos momentos, mi imaginación volaba para verme convertido en Orzowei, recordar los últimos brutos mecánicos destruidos por mi ídolo, Mazinger Z o pensar en las nuevas niñas rubias guapísimas que habían llegado al colegio.

Las prisas no existían en domingo. Tranquilamente realizaba mi excursión al kiosco porque Mortadelo y 13, rue del percebe nos esperaba con nuevas y desternillantes aventuras. El tacto del aquel papel era tan mágico que me pasaba toda la semana esperando ansioso el momento en el que caía en mis manos el tebeo dominical. Nada más abrir la portada, los personajes parecían salir de esas hojas para cobrar vida a mi lado. Yo me sentía uno más de ellos.

Con nuestra revista y una sonrisa de satisfacción en nuestro rostro, era el momento de que los padres tomaran una cerveza con caballitos. En esos tiempos todavía se podía ir a un bar a tomar el aperitivo sin que te vaciaran la cartera. El Bar Pina, a la entrada de Puente Tocinos, nos esperaba como cada semana. La Coca-cola en botella la cogíamos con ímpetu para irnos a la máquina de las bolas. Teníamos la obligación de superar el record que desde hacía unas semanas se nos resistía. Aún recuerdo como movíamos la maquinita para que no se nos colara la bola metálica (muchas veces hacíamos "falta" y se nos bloqueaba), pero el final siempre era el mismo. En unos pocos minutos nuestras esperanzas se habían desaparecido tan rápido como aquella bola de acero, pero la jornada seguía transcurriendo con su encanto especial.

Más tarde, regresábamos a casa a comer. El hacerlo fuera era ya un lujo inalcanzable para nosotros, pero no lo echábamos en falta porque no sabíamos que era eso de “comer fuera”. Abrías la puerta de tu casa y parecía distinta. No era la de los lunes ni los martes. El ambiente era otro, más acogedor y embriagante. Mientras estudiábamos para el día siguiente, comprobábamos que ese brillo fulgurante del sol se iba agazapando poco a poco para esperar su oportunidad el próximo domingo. Un halo de tristeza se iba apoderando de nosotros mientras veíamos el partido de futbol en nuestra tele en blanco y negro. Mañana será lunes, y el sol no brillará igual, ni oleremos a crema de zapatos…

Eran unos días distintos, especiales, con encanto y aunque físicamente no existan, seguirán estando vivos mientras formen parte de nuestra memoria y los recordemos con cariño. No dejemos que desaparezcan.

Gracias amigo Bastida por enseñarme el camino a esta reflexión.

sábado, 5 de febrero de 2011

El fin del estado del bienestar

Recuerdo que en los albores de los años 80, el gran objetivo de la sociedad española se basaba en alcanzar un status social que nos llegaba importado desde Suecia y que se resumía en cuatro palabras. Este fenómeno era "El estado del bienestar". Dentro de este panorama idílico para los ciudadanos se incluían prestaciones sociales desconocidas por nosotros. Ayudas económicas y laborales por nacimiento de hijos, servicios sociales más extensos, jubilaciones flexibles, subvenciones para actividades culturales...

Parecía que todo iba por el buen camino hasta el varapalo de la crisis del 93. Los españolitos de a pie deberíamos esperar porque ahora tocaba pagar todos los dislates de esas obras megalómanas derivadas de una Expo (gastos suntuosos, trenecitos de alta velocidad, nuevas autopistas cochambrosas, etc). Aún así, todos seguíamos soñando con el ambiente paradisiaco que reinaba en los países escandinavos.

Y llegó la recuperación económica (ya sabemos todos que esto funciona por ciclos), y con ella los avances sociales. Las subvenciones fluían hacia colectivos largamente olvidados como los ancianos o las personas con menos recursos. Nos daban dinero por nuestro viejo coche para comprarnos otro que contaminase menos, subvenciones por la compra de vivienda, los niños venían con un pan bajo el brazo consistente en 100 euros mensuales, la baja por maternidad se alargó dos semanas... ¡Hasta parecíamos más altos y más rubios que antes! Pero como ha venido sucediendo a lo largo de la historia, los españoles siempre llegamos tarde a todo, y antes de que nos acostumbráramos a tanta felicidad, otra crisis económica nos ha alejado de ese anhelado Estado del bienestar. Ya no tendremos los 2.500 euros por nacimiento de hijo, ni ayudas para la compra de ordenadores y nuestro coche volverá a envejecer con nosotros como sucedía antes. Nos jubilaremos después e incluso deberemos pagar por ir al médico. Todo lo conseguido se ha esfumado en unos pocos meses.

Es preocupante el panorama que se nos presenta, no solo para nosotros sino para las generaciones venideras. Volveremos a ser españoles morenos, bajitos y con mala leche. Nos pondremos la peineta para pasear el toro de Osborne y nos reuniremos toda la familia en casa para ver "Bienvenido Mr. Marshall" Y mientras tanto, el Madrid seguirá gastando millones de euros en Cristianos Ronaldos. ¡Que país, por Dios!

sábado, 8 de enero de 2011

Mi amigo Jesús

Corría el año 1984 (añada excelente para un Rioja, por cierto), cuando me hallaba enfrascado en las clases de inglés de la Escuela Oficial de Idiomas. Aquella experiencia era distinta a todo lo que había vivido hasta el momento porque dentro de esas aulas había un muy variopinto elenco de estudiantes. Desde una antigua profesora mía de EGB, que rondaba los 70, hasta niños de 14. Recuerdo a un señor muy serio y malhumorado, tartamudo él, que reparaba lavadoras, a una chica jovencita con ojos azules, poca carne en sus huesos y una pronunciada curvatura hacia adelante en su espalda, un par de chicos con apariencia hippie y luego estaba él. Mi amigo Jesús.

Mi amigo Jesús, era una persona entrañable. Rondaba los 48/50 años, educadísimo y muy correcto; extremadamente amable y participativo con todos, aunque para mí era un poco lento en sus acciones y sus aprendizajes (cosas de la edad, pensaba yo, que contaba entonces con 20 años). Recuerdo que nos cogimos un afecto muy especial. Siempre charlábamos un rato antes de entrar a clase, preguntándome por todo lo imaginable (o casi), aunque con simpatía y cordialidad. El iba siempre vestido de la misma forma. Pantalón vaquero, chaqueta también vaquera, camisa blanca…vaquera y botas camperas “made in Valverde del Camino”. Todos pensábamos que era osado y valiente por llevar esta indumentaria. Al fin y al cabo era un señor algo mayor para vestir así. Yo me daba cuenta de que, al principio, el resto de estudiantes que pasaban por su lado, lo miraban con extrañeza (¿Qué hará este vejestorio con esa indumentaria? –pensaría más de uno-) Poco a poco se fue ganando el respeto y cariño de alumnos y profesores hasta convertirse en una institución dentro la Escuela. Su gran problema radicaba en que no era capaz de asimilar y, sobre todo, separar los tres idiomas que estudiaba (Inglés, Frances y Alemán) por lo que, a pesar de su tremendo esfuerzo, no lograba superar los cursos. Eso sí inventó un nuevo idioma el Alefranglés.

Un par de años después le perdí la pista, pero aún hoy, en algunas ocasiones aparece mi amigo Jesús en mis pensamientos y lo hace por varias razones. Una de ellas porque me gustaría saber que fue de él después de aquella aventura. Otra razón es porque, veintiséis años después, aquella cazadora vaquera, esos pantalones tejanos, la camisa y esas botas camperas de Valverde del camino, las llevo yo (bueno, las mismas no, obviamente) y entonces me pregunto ¿Me habré convertido en el Jesús del año 2011? ¿También pensaran de mí lo mismo que de él hace ya muchos años? ¿Seré yo un tipo amable, participativo pero lento en mis acciones y aprendizajes (todo ello debido a la edad)? ¿Me tildarán de no llevar la indumentaria adecuada para la edad que voy teniendo?

Al final siempre saco la misma conclusión. Que distinto se ve todo según la perspectiva que elijas para observarlo.

lunes, 27 de diciembre de 2010

El 31 de diciembre... de cualquier año

Siempre que nos acercamos al final de año, me hago la misma pregunta. ¿Existe vida después del 31 de diciembre? Todos nos planteamos como meta el llegar a esa fecha con los deberes hechos. Los proyectos que nos hacemos tienen fecha de caducidad. "Hay que hacerlo antes de final de año", nos decimos constantemente. Es como si al atravesar ese día, nos fuésemos a precipitar a un inmenso abismo del cual no conocemos su profundidad. El día 1 de enero, visto desde la distancia, se nos antoja algo muy distinto a lo que tenemos. Empezaremos una dieta, nuevos proyectos de trabajo, haremos una colección de esas inútiles del kiosko (con k), incluso nos apuntaremos a un coro o a aprender a pintar al óleo. Todo eso será el día 1, no antes.

Pero cuando llega el momento y abrimos los ojos por la mañana, comprobamos que estamos en un día semejante al anterior. No ha habido cataclismos ni grandes cambios en nuestra vida. Seguimos siendo perezosos al levantarnos, no iremos a las clases de pintura ni de nuestra garganta saldrán gorgoritos en medio de la coral deseada hacía unos días tan solo.

Y entonces comprendemos que el tiempo es un invento de los humanos, que tan solo lo establecieron para poner un poco de orden en el caos mundial que nos rodeaba, pero nada más. Aún así, el año que viene volveremos a caer en la misma trampa. Pensaremos que detrás de ese 31 de diciembre estará de nuevo ese abismo inexistente y traicionero y nuestros proyectos volverán a nacer para morir con el salto de las campanadas.

Así somos los seres humanos. ¡Que le vamos a hacer!

domingo, 26 de diciembre de 2010

La navidad.

¿Que tendrán estas fechas que todo el mundo parece un buen samaritano? Es curioso, pero si observas lo que te rodea, te das cuenta de que en estas dos semanas llenas de bondad y ganas de abrazar a quien se te ponga por delante, somos capaces de sonreir a quien no conocemos, de ceder el paso en las rotondas, de mirar e incluso dar alguna moneda a los mendigos que salen a nuestro encuentro. Nos acordamos de esos amigos que solo lo son en Navidad, pensamos que, aparte del IBEX 35, el Euribor o el IPC, existen otras instituciones como Cáritas o Jesús abandonado. Yo estoy por pensar que todo se debe a un virus estacional de corto recorrido. En unos días, y tras medicarnos con un antibiótico llamado Egoistranol, todo volverá a la normalidad. Seremos de nuevo unos seres fríos y calculadores, estresados e irritables, egocéntricos y manipuladores. Volveremos a nuestra condición de "seres humanos".

Yo propongo una cosa. No compremos este año esa medicina tan curativa. Estemos enfermos todo el año que se nos presenta y, si nos funciona, sigamos así durante otro año más, y otro, y otro. Posiblemente nos vaya mejor en la vida.